Comentario EvDH
Por Fray Wilson Ossa B. ocd
FUEGO CONTRA FUEGO
“Al infierno, donde el gusano que los atormenta no muere y el fuego no se apaga”(Mc 9)
Desechada toda comprensión del infierno como lugar de tormento y asumido más bien como el estado del alma donde definitivamente no se alcanza el cielo, la comunión con el Espíritu de Dios, comprendemos el infierno como el estado consecuente de los apegos a los bienes inferiores a Dios. Creada por Dios para estar en comunión con El, la criatura, se aferra voluntariamente a bienes del mundo a sí mismo y en ese apego gana renovado dolor: “ No confíes en tus riquezas ni digas “soy poderoso” no confíes en tus fuerzas para seguir tus caprichos, no sigas tus antojos y codicias ni camines según tus pasiones”…porque este es el camino de los hombres que confían en sí, son un rebaño que conduce la muerte y su destino es el abismo” (Sal 48)
Los apetitos y pasiones humanas mientras no están encausados hacia Dios puramente producen el efecto del enamoramiento que enceguece y atormente, enflaquece y entibia, y ante el temor de perderlo la ansiedad y ante el deseo de conseguir más de él nace en el alma la desazón. Tarde o temprano nos encontraremos con el Creador y el apego a los otros bienes nos producirán un efecto de odio ante al que nos los quita (aunque realmente son de Dios) este odio aumentado y vivido eternamente es muy cercano a la descripción del estado que conocemos como infierno.
“De dos maneras pena el que cumple el apetito, en desasirse y después de desasirse en purgarse de lo que se le pego", dice San Juan de la Cruz”. Los apetitos y pasiones solo se pueden vencer con apetitos y pasiones mayores, así para cortar un apego, para cortar un vicio, se requiere cortarlo de raíz: podemos cortar una mano, un pie, aun las partes íntimas, como algún santo teólogo, pero la raíz del pecado quedará, el impulso que nos lleva a apoyarnos en nosotros mismos. Arrancar de raíz el pecado solo puede ser producto de un ansia inflamada de amor por Jesús crucificado, en acoger el deseo inmenso con el que El en su pasión nos amó. Este efecto de afición, de acogida a este amor, se transforma en poder del Espíritu Santo, que es quien realmente puede cortar de raíz las ataduras de la muerte.
Jesús descendió a los infiernos, con su pasión de amor, lleno del espíritu Santo bajó al sepulcro, a lo hondo de nuestra separación con Dios a anunciar a los que vivíamos atormentado por las pasiones y conducidos a la muerte eterna que estábamos hechos para recibir la pasión de amor de Dios por nosotros. Desde entonces, de parte de Dios no hay infierno, solo ocurre esto cuando nos cerramos al amor de Dios en Jesús crucificado.

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